
A veces tengo la certeza de que he vivido otras vidas; de adolescente me creí firmemente que Juana Borrero la joven poetiza habanera era de algún modo mi inspiración, mi ideal romántico. Desde los 14 años el libro con sus cartas, poemas y facsímiles de su obra pictórica -, un ladrillón verde de 500 páginas - me acompañó en mi mesa de noche junto a otros libros o en el cabezal de mi cama muchos años después.
Juana siempre ha sido para mí, el misterio que me acompaña, más que Martí. Su prosa, quizás algo barroca, pero de ardoroso lirismo, y su amor místico por Julián del Casal primero, y por Carlos Pío Uhrbach después me conmovieron a través de su epistolario cargado de sentimientos nobles, ambiciosos, egoístas, avaros, es decir humanos. Su muerte temprana nos privó de un ser que pudo haber sentado cátedra en las artes cubanas. Aunque sin dudas ella es cátedra.
¿Cómo una muchacha de apenas dieciocho años, en los finales del siglo XIX, desde Puentes Grandes, - un ínfimo pueblucho de los campos habaneros, hoy absorbido al Municipio Plaza como un barrio sin más penas ni glorias – pudo reflejar un mundo tan rico, ilustrado y conocedor?, es una pregunta sin respuesta. Quizás es que exista eso que se conoce como “los predestinados”… aunque me cuesta trabajo hacerme a esta idea vana y presuntuosa.
Su impactante personalidad, junto con sus textos y su pintura de un expresionismo realista que llama la atención me han conmovido tanto, desde siempre, que para mi Juana Borrero es alguien que yo hubiera podido ser. Es alguien que yo hubiera querido ser.
Aquí el capitulo 20 de mi blogonovela que le dedique a ella hace algún tiempo. (Continuará)